Que suerte tenemos los lugareños que vivimos en costa de disfrutar todo el tiempo de la maravillosa estampa que nos  regala cada día el mar  en todas sus versiones, y amplia gama de tonalidades, grises, azuladas,  verdosas, rojizas, etc. según hora  del día y como esté el tiempo; pero la verdad que a poco que nos desplacemos  para un lado u otro en coche, moto, bici, bus, tren o andando, nos acompaña un hermoso paisaje marino  con brisa y olor a mar  y sabor a libertad,  esa  que tantos no han tenido en estos duros meses de restricciones viviendo en zonas más interiores, sin poder venir ni siquiera a su segunda residencia, es ahora cuando todo cobra un valor inconmensurable. Cuantas pequeñas cosas ganan todo el valor cuando se saben perdidas y sin embargo no las apreciamos como merecen cuando las tenemos, pensando que ya estarán  ahí de por vida, qué suerte tenemos de vivir en el mejor lugar del mundo!!

Todo  esto coincidiendo con  que he visto de nuevo este fin de, la hermosa película “El príncipe de las mareas”  y me ha podido la nostalgia en esos  excelsos  últimos 8 minutos cuando  Nick Nolte recompuesto de todas sus heridas emocionales decide retomar las riendas de su vida, volviendo a su  casa y vida “ sureña” a devolver a las mujeres de su vida(mujer, hijas, madre…) todo lo que llevaba dentro, sintiéndose feliz con cuanto tenia, atravesando cada día  el puente que cruzaba la bahía de Charleston  de vuelta a casa   en su descapotable con la brisa en el rostro,   en  una estampa  soberbia  pero resonando en su cabeza como una oración las eternas palabras: Lowenstein, Lowenstein, Lowenstein…….y es que tendrian que repartir dos vidas a  cada uno, como dice él.

“Mi alma pasta en la belleza de los mares”.

LOWENSTEIN Y EL VALOR DE LAS PEQUEÑAS COSAS.
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